LA RAZÓN
DOMINGO,  3 -X - 1999
LA PRIMERA
PARÁBOLA DEL INOCENTE CULPABILIZADO
uchos le temen al castigo, pero ¿a qué viene temerle tanto, si cantidad de veces se queda sin cumplir y quienes lo sufren de rebote son los inocentes? Es plausible que confiemos en la justicia, pero ésta sólo llega hasta donde puede y no es infalible. Lo que tampoco procede demasiado es fiarse más de la «Justicia Divina», porque ésta existe ciertamente, pero no se precipita, se puede hacer esperar siglos. Es su justa manera de obrar -sin prisas- no tiene otra. Es masiva la cantidad de sinvergüenzas que he conocido, interiormente «inocentadas» por sí mismos y satisfechos de su proceder, sin que nadie se lo reproche lo más mínimo, Tienen incluso muchos partidarios, y la justicia humana continúa sin hacerse ver por sus aledaños. ¿Cómo se las arreglan? Me come la impaciencia: ¿vendrá el castigo? «Ponte en su situación» me aconseja la duda. Está bien. Me colocó en su situación y todo cambia de repente: «Me veo tan inocente como un lirio, abrigado por la razón, por mis derechos y por una infinidad de cosas más. En todos los terrenos yo puedo respirar tranquilo».
    Así es como piensa «la otra parte», y aquí tenemos un germen de desesperación. Todo puede llegar a ser peor y el inocente ver agravada su situación porque «de momento» -aunque sea por tiempo indefinido- llega incluso a pasar por culpable y hasta persuadirse de que lo es en algún sentido.
    Pero ¿y los remordimentos en el otro? ¿Es que los dichosos remordimientos no hacen nunca su aparición aquí? ¿Cómo pueden hacer su aparición si no les vienen? En cambio, el inocente-culpable «sí tiene» remordimientos, porque ahora sabe que ha obrado siempre con mucha imprudencia, que no ha sido lo bastante «avisado». Y no hay cosa peor que un inocente que no se perdona de haberlo sido. Si por su parte; la Santísima Virgen hubiera sido más humana que divina, hubiera podido decir: «¿Ves, hijo mío cómo que te la has ganado por querer redimir a "toda la Humanidad", que es tan gorda? ¿Quién te metió en trotes semejantes para darle estos disgustos a tu madre?» - «Sí, mamá, pero ya es tarde, no me las he sabido valer mejor. Soy un loco, soy un fracasado. Perdóname». Y llegada la hora suprema lanza la más desesperada interrogación: - «Padre mío ¿por qué me has abandonado?» No hay cosa más patética que ver al propio Cordero de Dios dudando a su vez de la tan encomiada «Justicia Divina» como un hombre cualquiera.
    Pero supongamos que aquel que se encuentra en la cruz no es nuestro señor Jesucristo, sino el inocente de siempre y de andar por casa, que piensa simplemente haber errado de firme su camino. Supongamos igualmente que el verdadero culpable, por táctica política «autoconservadora», finge que se apiada entonces de la víctima. ¿Qué le cuesta ser una pizca generoso, cuando él vive en triunfo y nada tiene que temer? Es una buena ocasión de lucirse, y se adelanta. - «Si firmas este documento reconociendo que has sido culpable desde que naciste, se te perdonará la vida.» - «¡Vale!». Ya sabemos que un inocente cualquiera de no ser uno de esos héroes gratuitos y carentes de instinto de conservación- en semejante disparadero, hubiera dicho imediatamente lo mismo. Lo bajan de la cruz, «se recupera de su agonía», tarda en curarse las heridas y piensa que desde entonces va a poder vivir en paz con sus remordimientos de
inocente y con el firme propósito de serlo menos. Pero ya se ha marcado a sí mismo con demasiada antelación y todos lo señalan con el dedo: - «No podemos fiamos de él. Ha estado al borde de morir en la cruz "porque no es inocente" y así lo ha rubricado él mismo». Desesperado, el inocente-culpable llama a la puerta del culpable-inocente: - «Socórreme, ya que has sido tan bueno conmigo. Defiéndeme de tus partidarios, que no me pueden admitir porque piensan que soy de izquierdas. Si no me dan trabajo ¿de qué voy a vivir? Remédialo tú, que tanto puedes».
    El culpable inocentado por sí mismo y muy satisfecho de su generosidad, lo recomienda con calor a uno de sus más «peligrosos» porque siempre tuvo muy buenas relaciones. Dios los cría... Y aquí comienza a funcionar a tope la mala suerte de buena cantidad de inocentes. El amigo, que es un gran banquero, lo mete en asuntos de administración - «Ya que tenemos a un culpable en casa, que apenas está pagando por sus delitos, no es poca cosa que yo haga determinada operación y, si esto se descubre, no hay sospechoso que mejor lo pueda encajar». Así que lo involucra, lo hace su socio y, en reconocimiento a sus «buenos servicios» lo convence de que «siga delinquiendo» y se cobre por vía indirecta cuanto la vida le debe ya. - «¡Hombre! Esta vez sí que no me equivoco» se dice el infeliz. Y llegado el momento crítico y bien descubierto el pastel, el reincidente culpable arrostra de nuevo la crucifixión. Pero mediante los buenos oficios de «los buenos» -para no delatarse entre sí y rendirse mutuos servicios - se le salva «in extremis» de nuevo y se permuta la condena por trabajos forzados en las interminables obras del Cesar. - «No hemos podido hacer más por él, porque es un reincidente, pero le hemos salvado la vida, que ya es decir. Menos es nada».
    Bien forzado por aquellos trabajos forzados, el culpable - culpabilísimo empieza a recapacitar, ve las cosas más claras que nunca y ahora se convence de todas - todas que el inocente-inocente ha sido siempre él, y lo han engañado como a un indochino. Tiene pruebas para demostrarlo, pero ya en su posición todo son sospechas y evasivas. Se queja, vocifera, pierde el control y comienza a hacer extravagancias. Ataca a un guardián. El caso es que muere de mala manera, abandonado por el Padre, que bastante indignado está, y ya se piensa cobrar «con el tiempo» de tan fiero destino como ha sufrido en este mundo uno de los suyos. ¡A buenas horas! ¿Quién nos dice que han cambiado mucho las cosas desde aquel otro error judicial, cometido hace dos mil años con otro inocente de una calidad superior? Todo puede seguir igual. Si me pongo a leer el Kempis, es como si leyera a Ciorán. No tengamos mayor esperanza que la de aban-donar con alivio este mundo y el perdón ¡allá se le va!
Francisco NIEVA
de la Real Academia Española