uchos le temen al castigo, pero ¿a qué viene temerle
tanto, si cantidad de veces se queda sin cumplir y quienes
lo sufren de rebote son los inocentes? Es plausible que
confiemos en la justicia, pero ésta sólo
llega hasta donde puede y no es infalible. Lo que tampoco
procede demasiado es fiarse más de la «Justicia
Divina», porque ésta existe ciertamente, pero no
se precipita, se puede hacer esperar siglos. Es su justa
manera de obrar -sin prisas- no tiene otra. Es masiva
la cantidad de sinvergüenzas que he conocido, interiormente
«inocentadas» por sí mismos y satisfechos de su
proceder, sin que nadie se lo reproche lo más mínimo,
Tienen incluso muchos partidarios, y la justicia humana
continúa sin hacerse ver por sus aledaños.
¿Cómo se las arreglan? Me come la impaciencia:
¿vendrá el castigo? «Ponte en su situación»
me aconseja la duda. Está bien. Me colocó
en su situación y todo cambia de repente: «Me veo
tan inocente como un lirio, abrigado por la razón,
por mis derechos y por una infinidad de cosas más.
En todos los terrenos yo puedo respirar tranquilo».
Así es como piensa «la
otra parte», y aquí tenemos un germen de desesperación.
Todo puede llegar a ser peor y el inocente ver agravada
su situación porque «de momento» -aunque sea por
tiempo indefinido- llega incluso a pasar por culpable
y hasta persuadirse de que lo es en algún sentido.
Pero ¿y los remordimentos en el
otro? ¿Es que los dichosos remordimientos no hacen nunca
su aparición aquí? ¿Cómo pueden hacer
su aparición si no les vienen? En cambio, el inocente-culpable
«sí tiene» remordimientos, porque ahora sabe que
ha obrado siempre con mucha imprudencia, que no ha sido
lo bastante «avisado». Y no hay cosa peor que un inocente
que no se perdona de haberlo sido. Si por su parte; la
Santísima Virgen hubiera sido más humana
que divina, hubiera podido decir: «¿Ves, hijo mío
cómo que te la has ganado por querer redimir a
"toda la Humanidad", que es tan gorda? ¿Quién te
metió en trotes semejantes para darle estos disgustos
a tu madre?» - «Sí, mamá, pero ya es tarde,
no me las he sabido valer mejor. Soy un loco, soy un fracasado.
Perdóname». Y llegada la hora suprema lanza la
más desesperada interrogación: - «Padre
mío ¿por qué me has abandonado?» No hay
cosa más patética que ver al propio Cordero
de Dios dudando a su vez de la tan encomiada «Justicia
Divina» como un hombre cualquiera.
Pero supongamos que aquel que
se encuentra en la cruz no es nuestro señor Jesucristo,
sino el inocente de siempre y de andar por casa, que piensa
simplemente haber errado de firme su camino. Supongamos
igualmente que el verdadero culpable, por táctica
política «autoconservadora», finge que se apiada
entonces de la víctima. ¿Qué le cuesta ser
una pizca generoso, cuando él vive en triunfo y
nada tiene que temer? Es una buena ocasión de lucirse,
y se adelanta. - «Si firmas este documento reconociendo
que has sido culpable desde que naciste, se te perdonará
la vida.» - «¡Vale!». Ya sabemos que un inocente cualquiera
de no ser uno de esos héroes gratuitos y carentes
de instinto de conservación- en semejante disparadero,
hubiera dicho imediatamente lo mismo. Lo bajan de la cruz,
«se recupera de su agonía», tarda en curarse las
heridas y piensa que desde entonces va a poder vivir en
paz con sus remordimientos de |
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inocente
y con el firme propósito de serlo menos.
Pero ya se ha marcado a sí mismo con demasiada
antelación y todos lo señalan con el dedo:
- «No podemos fiamos de él. Ha estado al borde
de morir en la cruz "porque no es inocente" y así
lo ha rubricado él mismo». Desesperado, el inocente-culpable
llama a la puerta del culpable-inocente: - «Socórreme,
ya que has sido tan bueno conmigo. Defiéndeme de
tus partidarios, que no me pueden admitir porque piensan
que soy de izquierdas. Si no me dan trabajo ¿de qué
voy a vivir? Remédialo tú, que tanto puedes».
El culpable inocentado por sí
mismo y muy satisfecho de su generosidad, lo recomienda
con calor a uno de sus más «peligrosos» porque
siempre tuvo muy buenas relaciones. Dios los cría...
Y aquí comienza a funcionar a tope la mala suerte
de buena cantidad de inocentes. El amigo, que es un gran
banquero, lo mete en asuntos de administración
- «Ya que tenemos a un culpable en casa, que apenas está
pagando por sus delitos, no es poca cosa que yo haga determinada
operación y, si esto se descubre, no hay sospechoso
que mejor lo pueda encajar». Así que lo involucra,
lo hace su socio y, en reconocimiento a sus «buenos servicios»
lo convence de que «siga delinquiendo» y se cobre por
vía indirecta cuanto la vida le debe ya. - «¡Hombre!
Esta vez sí que no me equivoco» se dice el infeliz.
Y llegado el momento crítico y bien descubierto
el pastel, el reincidente culpable arrostra de nuevo la
crucifixión. Pero mediante los buenos oficios de
«los buenos» -para no delatarse entre sí y rendirse
mutuos servicios - se le salva «in extremis» de nuevo
y se permuta la condena por trabajos forzados en las interminables
obras del Cesar. - «No hemos podido hacer más por
él, porque es un reincidente, pero le hemos salvado
la vida, que ya es decir. Menos es nada».
Bien forzado por aquellos trabajos
forzados, el culpable - culpabilísimo empieza a
recapacitar, ve las cosas más claras que nunca
y ahora se convence de todas - todas que el inocente-inocente
ha sido siempre él, y lo han engañado como
a un indochino. Tiene pruebas para demostrarlo, pero ya
en su posición todo son sospechas y evasivas. Se
queja, vocifera, pierde el control y comienza a hacer
extravagancias. Ataca a un guardián. El caso es
que muere de mala manera, abandonado por el Padre, que
bastante indignado está, y ya se piensa cobrar
«con el tiempo» de tan fiero destino como ha sufrido en
este mundo uno de los suyos. ¡A buenas horas! ¿Quién
nos dice que han cambiado mucho las cosas desde aquel
otro error judicial, cometido hace dos mil años
con otro inocente de una calidad superior? Todo puede
seguir igual. Si me pongo a leer el Kempis, es como si
leyera a Ciorán. No tengamos mayor esperanza que
la de aban-donar con alivio este mundo y el perdón
¡allá se le va! |
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