LA RAZÓN
DOMINGO, 15 - VIII - 1999
LA PRIMERA
Y SI GANARA, SERÍA PEROR
os de las cosas más curiosas con las que me encuentro al volver de mis precipitadas vacaciones, son la polémica suscitada por la demolición de «La Pagoda», del admirable Miguel Fisac, y la novelesca, truculenta y «medieval» historia de mi viejo amigo, el arquitecto Fernando Higueras. Es una historia digna de contar.
    Higueras, cuando yo lo conocí, había ganado concursos y premios a granel y llevaba una vida de Rey Baltasar, rodeado de huríes como escapadas de las páginas de «Play Boy». Pero seguía trabajando a tope y levantando edificios tan impactantes como el destinado a Centro de Restauraciones, en la Ciudad Universitaria, en forma de tambor cresteado de picos traslúcidos, que lo coronaban de reflejos. Arquitectura que, a mitad de su realización, tuvo el honor de ser el motivo de un dibujo maestro de Antonio López, amigo de los dos.
    En el medio de un largo paréntesis, el genial arquitecto cambió curiosamente de carácter, vivió con extrema pasión y se distrajo peligrosamente, sin dejar de tener cantidad de brillantes ideas, que no hallaban realización. Los grandes encargos empezaron a escasear. La exposición de sus obras y pasados concursos seguían causando admiración. Mas es el caso que alcanzó un punto de madurez en que su estro podría brillar a muy considerable altura, pero le fallaba la protección «del cielo».
    El cielo se manifestó por vía de su sobrino en Pozuelo, don Jesús Higueras. El cual tuvo a bien encargar a su ilustre pariente - bien sabedor de que era un genio algo oscurecido por la vida, la situación política y su propia condición excéntrica - la realización de aquel templo en Pozuelo. Era como si le hubieran ofrecido un merengue a un caimán.
    - Estoy haciendo una iglesia «figurativa», es decir que figura una iglesia para que los fieles dejen de ser más infieles al catolicismo y se concentren en un reducto místico que, a la vez, será muy moderno, creado a partir de la mejor tradición mozárabe. Ya verás, ya verás...
    Siguió la obra al pie cada día, como «un maestro de obras» del siglo XIV y vivió la gloria cotidiana de levantar una catedral de barro cocido, que hubo de dejar a los feligreses con la boca abierta. La boca entreabierta y aprobante de los más entendidos en arquitectura, convino en la sorprendente novedad y en esa cosa todavía no fácilmente definible que apunta con la mayor autoridad la impactante presencia del edificio. Tal cosa no es otra que una nueva propuesta estética y moral, para la que ya, el muy desgastado concepto de «modernidad», tiene el mismo valor histórico que el espíritu de «L' Illustration». Esto quiere significar que dicho arquitecto ha levantado uno de los más sorprendentes edificios postmodernos del que pudiéramos presumir. Un templo católico levanta sus picos de ladrillo con la más humilde dignidad ante el «Museo Guggenheim» jorobado de pura ambición iconoclasta y sale ganando en humanismo y esperanza en las milagrosas manos del hombre, con el material más tradicional del mundo, algo que parece amasado y cocido como el pan. En tres palabras: «una cosa genial».
    Pero me encuentro a mi buen Fernando, alucinado y tonitronante, con el pelo blanco encrespado, como un alma en pena que no cesa de hablar, de escribir cartas a los periódicos, recabando el apoyo de los profesionales y del propio Colegio de Arquitectos - que se lo acaba de prestar - porque por diferencias con su respetable sobrino que es de armas tomar - lo han echado de su obra, dos meses antes de la inauguración oficial y la están rematando él y una arquitecta, que en esta historia medieval es corno la «maledetta» de El Trovador.
    Parece un poco absurdo, en estos tiempos y en España, que la Iglesia se meta todavía a pinchar y cortar por donde y cuando se le antoje en un terreno defendido por una democracia institucional. No me meto en los diplomáticos y hábiles recursos de que haya podido valerse el licenciado y singularísimo pero pienso que el Obispado debiera decir «esta boca es mía» y cortar por lo sano en esta escena, donde el pobre arquitecto, arbolando un contrato formal y legal que le otorga todos los derechos sobre su obra, va dando ese espectáculo por ahí y suscitando el clásico comentario, tan español, de «con la Iglesia hemos topado» («dado», dice en realidad Cervantes). El valor intrínseco y espectacular de su obra lo avala, lo avalan ya escritos y firmas como las de Chueca Goitia, decano del Colegio de Arquitectos, como las de Miguel Oriol, tan buen profesional como ensayista, y las de jóvenes arquitectos, un poco estupefactos del conflicto que se ha creado en tan respetable institución como la Iglesia. Ya se comenta por ahí que alguien cuenta con informar al Papa. A lo mejor se prepara una peregrinación.
    Precisamente, nuestro «papable» y gran cardenal, Monseñor Rouco Varela, con dos palabritas de conciliación a los contendientes y a los periódicos, cerraría el caso en un «santiamén» - la amenaza de un pleito absurdo - para que la Iglesia no padezca un ataque de todo punto innecesario en los tiempos que corren y, en el que fácilmente pudiera perder. Y si ganase seria peor. Baje por esta vez la cabeza nuestra Santa Madre la iglesia con la misma humilde dignidad, humanista y arquitectónica, que levanta sus torres de barro cocido ésta impensable catedral que le ha crecido a Pozuelo, como al jorobado le pudiera tocar la lotería: esta vez la de poseer uno de los edificios más singulares que pudieran darse en la Europa de hoy, la vieja Europa deshumanizada literalmente, que aún puede hallar Santa María de Canáa todo un eco de su grandeza, transformado por un nuevo impulso creador.
Francisco NIEVA
de la Real Academia Española