os
de las cosas más curiosas con las que me encuentro
al volver de mis precipitadas vacaciones, son la polémica
suscitada por la demolición de «La Pagoda», del
admirable Miguel Fisac, y la novelesca, truculenta y «medieval»
historia de mi viejo amigo, el arquitecto Fernando Higueras.
Es una historia digna de contar.
Higueras, cuando yo lo conocí,
había ganado concursos y premios a granel y llevaba
una vida de Rey Baltasar, rodeado de huríes como
escapadas de las páginas de «Play Boy». Pero
seguía trabajando a tope y levantando edificios
tan impactantes como el destinado a Centro de Restauraciones,
en la Ciudad Universitaria, en forma de tambor cresteado
de picos traslúcidos, que lo coronaban de reflejos.
Arquitectura que, a mitad de su realización, tuvo
el honor de ser el motivo de un dibujo maestro de Antonio
López, amigo de los dos.
En el medio de un largo
paréntesis, el genial arquitecto cambió
curiosamente de carácter, vivió con extrema
pasión y se distrajo peligrosamente, sin dejar
de tener cantidad de brillantes ideas, que no hallaban
realización. Los grandes encargos empezaron a escasear.
La exposición de sus obras y pasados concursos
seguían causando admiración. Mas es el caso
que alcanzó un punto de madurez en que su estro
podría brillar a muy considerable altura, pero
le fallaba la protección «del cielo».
El cielo se manifestó por
vía de su sobrino en Pozuelo, don Jesús
Higueras. El cual tuvo a bien encargar a su ilustre pariente
- bien sabedor de que era un genio algo oscurecido por
la vida, la situación política y su propia
condición excéntrica - la realización
de aquel templo en Pozuelo. Era como si le hubieran ofrecido
un merengue a un caimán.
- Estoy haciendo una iglesia «figurativa»,
es decir que figura una iglesia para que los fieles dejen
de ser más infieles al catolicismo y se concentren
en un reducto místico que, a la vez, será
muy moderno, creado a partir de la mejor tradición
mozárabe. Ya verás, ya verás...
Siguió la obra al pie cada
día, como «un maestro de obras» del siglo XIV y
vivió la gloria cotidiana de levantar una catedral
de barro cocido, que hubo de dejar a los feligreses con
la boca abierta. La boca entreabierta y aprobante de los
más entendidos en arquitectura, convino en la sorprendente
novedad y en esa cosa todavía no fácilmente
definible que apunta con la mayor autoridad la impactante
presencia del edificio. Tal cosa no es otra que una nueva
propuesta estética y moral, para la que ya, el
muy desgastado concepto de «modernidad», tiene el mismo
valor histórico que el espíritu de «L' Illustration».
Esto quiere significar que dicho arquitecto ha levantado
uno de los más sorprendentes edificios postmodernos
del que pudiéramos presumir. Un templo católico
levanta sus picos de ladrillo con la más humilde
dignidad ante el «Museo Guggenheim» jorobado de pura ambición
iconoclasta y sale ganando en humanismo y esperanza en
las milagrosas manos del hombre, con el material más
tradicional del mundo, algo que parece amasado y cocido
como el pan. En tres palabras: «una cosa genial». |
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Pero me
encuentro a mi buen Fernando, alucinado y tonitronante,
con el pelo blanco encrespado, como un alma en pena que
no cesa de hablar, de escribir cartas a los periódicos,
recabando el apoyo de los profesionales y del propio Colegio
de Arquitectos - que se lo acaba de prestar - porque por
diferencias con su respetable sobrino que es de armas
tomar - lo han echado de su obra, dos meses antes de la
inauguración oficial y la están rematando
él y una arquitecta, que en esta historia medieval
es corno la «maledetta» de El Trovador.
Parece un poco absurdo, en estos
tiempos y en España, que la Iglesia se meta todavía
a pinchar y cortar por donde y cuando se le antoje en
un terreno defendido por una democracia institucional.
No me meto en los diplomáticos y hábiles
recursos de que haya podido valerse el licenciado y singularísimo
pero pienso que el Obispado debiera decir «esta boca es
mía» y cortar por lo sano en esta escena, donde
el pobre arquitecto, arbolando un contrato formal y legal
que le otorga todos los derechos sobre su obra, va dando
ese espectáculo por ahí y suscitando el
clásico comentario, tan español, de «con
la Iglesia hemos topado» («dado», dice en realidad Cervantes).
El valor intrínseco y espectacular de su obra lo
avala, lo avalan ya escritos y firmas como las de Chueca
Goitia, decano del Colegio de Arquitectos, como las de
Miguel Oriol, tan buen profesional como ensayista, y las
de jóvenes arquitectos, un poco estupefactos del
conflicto que se ha creado en tan respetable institución
como la Iglesia. Ya se comenta por ahí que alguien
cuenta con informar al Papa. A lo mejor se prepara una
peregrinación.
Precisamente, nuestro «papable»
y gran cardenal, Monseñor Rouco Varela, con dos
palabritas de conciliación a los contendientes
y a los periódicos, cerraría el caso en
un «santiamén» - la amenaza de un pleito absurdo
- para que la Iglesia no padezca un ataque de todo punto
innecesario en los tiempos que corren y, en el que fácilmente
pudiera perder. Y si ganase seria peor. Baje por esta
vez la cabeza nuestra Santa Madre la iglesia con la misma
humilde dignidad, humanista y arquitectónica, que
levanta sus torres de barro cocido ésta impensable
catedral que le ha crecido a Pozuelo, como al jorobado
le pudiera tocar la lotería: esta vez la de poseer
uno de los edificios más singulares que pudieran
darse en la Europa de hoy, la vieja Europa deshumanizada
literalmente, que aún puede hallar Santa María
de Canáa todo un eco de su grandeza, transformado
por un nuevo impulso creador. |
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