¿Fuera del tiempo?. No están muy acertados quienes piensan que hoy las grandes obras han de tener exclusivamente carácter civil. Es cierto que algunos museos de titanio, palacios de congresos, ciudades de la ciencia etc. hacen ver a los miopes que lo moderno va por, esa línea; pero de ser así no se habría terminado la Almudena ni Moneo construiría una nueva catedral en ese paradigma de modernidad que es la ciudad de Los Angeles.
    ¿Gasto excesivo?. Ya hemos visto que la rela-ción calidad-precio no puede ser mejor, ¿Cate-dral, en el sentido bello y grandioso? ¿Y por qué no, acaso está prohibida la belleza? ¿Despilfarro?. A los creyentes, para que no sean católicos vergon-zantes, les recomiendo la relectura de Mt 26, 6-13; Mc 14; 3-9, Jn 12, 1-8; a los demás: gracias al despilfarro, todos nuestros pueblos tienen un edificio singular que indefectiblemente es siempre la iglesia.
    ¿Megalomanía?. ¿Seria preferible, por falsa mo-destia, un templo ramplón y anodino?. Como dice mi amigo, el ingeniero Alfredo Poblador, la modestia es la falsa virtud de los incompetentes y resentidos. Si la mayor parte de los feligreses de la parroquia de Santa

María de Caná quieren, y pagan con su propio dinero un homenaje grandioso a Dios ¿quién, salvo ellos mismos y quienes compartan la misma fe, puede juzgar legítimamente el importe de la obra?.
    Al margen de las discrepancias entre sacerdote-promotor y el arquitecto-creador lo que debiera importarnos, católicos o no, es si damos a nuestra villa una obra de arte en su integridad o si la damos mutilada. Si lo ya visto de ella se ha con vertido en el edificio emblemático del moderno Pozuelo, en la postal identificada de Pozuelo, terminemos el templo tal como lo concibió su autor. ¿Qué no hay dinero y las obras pueden demorarse varios años?. Bueno, pues veremos crecer la iglesia al mismo tiempo que a nuestros hijos o nietos; ¿no hicieron lo mismo nuestros antepasados tanto con las grandes catedrales como con las pequeñas iglesias y hoy los creyentes y los no creyentes estamos or-gullosos de su esfuerzo?.
¡Ah! Se me olvidaba, la boda de Caná pese al des-fase económico inicial, terminó con satisfacción general. En nuestro tem-plo debe ocurrir lo mismo; nuestro Caná también debe tener un final feliz.

Por Domingo Domené   

aná parece ser un nombre propicio para la confusión y el recelo por cuestiones económicas; en las bodas de las que habla el Evangelio el presupuesto se quedó corto, en la iglesia que con el mismo nombre se construye en nuestra villa hay indicios de que ocurre lo mismo.
    Jesús Higueras un cura dinámico, encargado de administrar correctamente un dinero que no es suyo, dice que el gasto realizado en la construcción es excesivo; su tío, el prestigioso arquitecto Fernando Higueras, autor del proyecto, afirma exactamente lo contrario.
    Examinadas detenida-mente ambas posiciones resultan no ser tan antagónicas; parten de puntos de vista diferen-tes, no divergentes, que tienen fácil conciliación. El  sacerdote  se  atiene a la realidad global de los números altos: ¿más de quinientos millones de pesetas?; el arquitecto, a la realidad de una innegable obra de arte, barata a precios mercado ¿setenta  y  dos mil pesetas  el   metro cuadrado construido? (menos de la mitad que cualquier otro edificio de la zona).


    Fernando presento un proyecto, realizado ya en el casi todo por ciento, que ofrecía a Pozuelo un templo parroquial, singular y sorprendente. Sin haberse concluido conforme a su idea original ya ha sido califi-cado por los entendidos como el mejor edificio de ladrillo en nuestro país desde el Renacimiento hasta hoy. Personalmente comparto tal juicio.
    Posiblemente, Jesús Higueras, un hombre prudente y mesurado, se haya sentido atenazado por la gran magnitud de los números y por las críticas antihistóricas, mezquinas e infundadas, que aunque con apariencia de racionalidad no pueden sostenerse razonablemente: que si fuera del tiempo, que si gasto excesivo, que si catedral, que si despilfarro, que si megalomanía etc.