Mucho nos tememos que la agria polémica que, desde el pasado verano, acompaña las obras de Santa María de Caná va a sobrevivir, desgraciadamente, a la conclusión del nuevo templo parroquial, mucho  más  allá  de  la  propia voluntad del párroco, sobrino e hijo, respectivamente, del

introducen sobre la marcha modificaciones que perturban gravemente el diseño del proyecto original.
    De aquí, a las prisas, las urgencias, preceptiva dirección técnica, aparecen envueltas ahora mismo en un contencioso los malentendidos y la polémica no


UN ARQUITECTO DE PRESTIGIO

Independientemente del grave daño moral y económico que a Fernando Higueras se le ha originado con este contencioso, y cuya reparación tiene todo el derecho a reclamar,

nuestro arquitecto carga el énfasis en la reivindicación de su proyecto original que en el curso de las obras, ha sufrido graves e innecesarias modificaciones que a su juicio, y en pura paradoja, han encarecido considerablemente los costes y retrasado asimismo los plazos de ejecución.
    Fernando Higueras, autor, entre otras importantes obras, del edifico "Corona de Espinas" que alberga el Centro de Restauración de la Universidad Complutense es un profesional de larga trayectoria y bien cimentado prestigio. Este mismo proyecto de sus disgustos, nuestra Santa María de Caná, que vamos a disfrutar los vecinos de Pozuelo, está recibiendo, además del respaldo del Colegio de Arquitectos, unánimes y autorizados elogios de sus colegas y de otros nombres singulares del arte y la cultura a través de las páginas culturales de la prensa de Madrid. Ahí están los testimonios de Fernando Chueca Goitía, Miguel de Oriol, Fernando Iniesta, Alberto Alarcón, Joaquín Jaivo, Alberto Humanes, Paloma Sobrini Sagaseta, Juan de Dios de la Hoz, Adolfo Morán, y un largo etcétera que podemos cerrar con el académico Francisco Nieva.

arquitecto y aparejador de la obra, don Jesús y don Fernando Higueras, y contra el mismo propósito del autor del proyecto que, nos consta, hubiera preferido culminarlo sin mayores sobresaltos ni intromisiones, como las que se han producido, mucho más allá de lo razonable.
    Pero, como casi siempre, lo que no empieza bien suele terminar mal. Y, es poco más o menos, lo que ha venido sucediendo con la ya célebre catedral de Pozuelo, que en vez de rematar con el buen vino evangélico de las bodas de Caná, en una feliz metáfora de Asunción Mateos, esta concluyendo con el lamentable vinagre de un divorcio familiar.
     Si se van a construir algo más de 4.000 metros cuadrados, (los donados por el Ayuntamiento son 4.500) y los cálculos razonables dan 570 millones de pesetas de costos mínimos de construcción, no se puede redactar un proyecto de este calibre en guarismos prácticamente reducidos al cincuenta por ciento ni fijar plazos inviables de dieciséis meses ni seis o siete cuadrillas para la culminación de las obras. Ya sabemos que el proyecto tenía que pasar la aduana del Colegio de Arquitectos y conseguir el visto bueno de la jerarquía archidiocesana así como las pertinentes licencias municipales cuyo importe, (unos 14 millones de pesetas) fueron también condonados por el Ayuntamiento. Pero todo incluso con los mejores propósitos tiene unos límites razonables. En estos términos, no hay modo de cuadrar costos ni   fechas practicables, y, mucho menos todavía, si se

hay más que un paso. Y es lo que ha sucedido. Las obras, que se están culminando sin la dialéctico cuyas aguas interesadas unos y otros pretenden por todos los medios llevar a su molino.
    No se trata de una campaña contra el párroco ni, por supuesto, contra la iglesia, como alguien está deslizando por ahí en círculos aledaños y en comunicados a ciertos medios de información. Se trata, más bien, de deslindar los derechos de unos y otros, de la propiedad de la obra y del titular de la propiedad intelectual, así como las cláusulas de un contrato de dirección de obras que, según los hechos, no han sido respetadas del todo, con el consiguiente y considerable daño moral, profesional y económico para el arquitecto, al haber sido éste apartado de la ejecución del proyecto y ser incluso sustituido temporalmente por una colega, desautorizada después por el propio Colegio de Arquitectos.
    Lo que todos hubiéramos deseado, y en ello estamos, es que las obras del templo parroquial hubieran discurrido con la exigible normalidad y que, incluso ante las dificultades sobrevenidas, este complejo asunto de familia se hubiera resuelto mediante el diálogo y la mejor buena voluntad por las dos panes. Al fin y al cabo, la iglesia ejemplarmente representada en este hermoso templo parroquial, tiene como misión la comunión de los fieles, entre los que sin duda, y a pesar de sus disculpables excesos, se encuentra el arquitecto don Fernando Higueras.